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Fabián Auz – auz.ec

Luna de oposición. La noche como el día. Las estrellas, en manada, brillaban sobre el horizonte, donde el viejo Chiles charlaba con destellos de nieve con su vecino el Cumbal. El graznido de alguna lechuza interrumpía el silencio frío de la loma de Tulcanquer, forrada de trigales a punto, papas chauchas, habas tiernas y arracachas, cosida con pespuntes de zanjas largas adornadas de pispura, guanto y arrayanes agobiados por vicundos.

Serían las diez de la noche. Eloísa, una chiquilla guarmi, sentada en un banco de raíz de penco, en el corredor de su casa de paja, hilaba un vellón de lana de borrego merino comprado el día anterior a la vecina Trinidad. Esa era su costumbre en las noches de luna.

El vellón estaba asegurado en la rueca de pumamaque que su mama marcay, misia Goya, le había regalado para que aprendiera a ser mujercita. Sus dedos partidos olían a cascarria de oveja. Nada le importaba mientras mezclaba la tarea con los pensamientos de su querido Juan, arriero ido al viaje por Barbacoas, puerto fluvial a orillas del Telembí, donde los negros lavaban oro al compás de cantos monótonos y tristes.

—¿Cuándo regresará? —pensaba—. Ya van quince días, y ojalá no lo haya meado el cueche ni picado la víbora.

Esa noche, clara como el día, todo le pareció más raro: el viento, el frío, la lechuza y hasta la lana y la rueca. De pronto, como salido del fondo de la tierra, escuchó un grito largo, fúnebre, penetrante hasta el seso. El grito decía: «avaaaaaannnceeennn…», y terminaba con un dejo de ansiedad y cansancio, o tal vez de lejanía. Fue tan funesto que un ventarrón sacudió los árboles como si fuera a sacarlos de raíz. Las hojas secas volaron. Las gallinas cacareaban asustadas. Los perros aullaban. El caballo amarrado en el alar bufaba; y hasta el puerco sujeto a un tronco de cerote gruñía como nunca antes.

Eloísa, temblando, recogió la lana, la puso en una canasta de chilandé y, sin sacudirse el bolsicón mordoré, empujó la puerta y entró de sopetón.

Qué alivio cuando el sol comenzó a entrar por las rendijas de bahareque. La noche había sido muy larga, el sueño lleno de sobresaltos, recordando el grito terrorífico.

Su papá, don Aparicio, le explicó que ese grito venía de San Francisco de Colombia; que de vez en cuando se escuchaba retumbar el alma de un combatiente de la batalla de Cuaspud, cuyo cuerpo no había sido sepultado sino devorado por los perros de la Ovejería, hacienda de unos curuchupas.

A Eloísa se le quitó la costumbre de hilar en las noches de luna, pero no se le quitó el pensar en su arriero que, a lo mejor, desde El Cascajal, al regreso del viaje, le enviaba su cariño en suspiros profundos, mezclados con el olor del guarapo de Ricaurte y Chucunés.

Adaptación del cuento publicado por el Lcdo. Rosalino Auz en su libro «El Trilladero: remembranzas de duentes, viento y rescoldo».

@auzfabian "El gritón de San Francisco", otra historia del libro "El Trilladero" del Lcdo. Rosalino Auz, mi papá. #tulcan #carchi04🇨🇬 ♬ sonido original – Fabián Auz

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